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El “Ayer y Hoy” de las Emociones en la Educación

Unas pinceladas de Historia…

La gestión de las emociones no es una capacidad innata del ser humano, porque evolutivamente sólo estamos diseñados para cumplir ciertas funciones básicas:

               ”Amar era, por encima de todo, proteger a los nuestros de los peligros del mundo exterior. Y vivir era, ante todo, cubrir las necesidades físicas, porque las emocionales quedaban abrumadas por la presión por sobrevivir” 

 Pero  todo esto quedó muy atrás.

                A lo largo de los siglos nos hemos habituado a domar las emociones y  encerrarlas en sistemas de vida represivos. Pero ya no existen las estructuras fuertemente jerarquizadas de la iglesia y de la sociedad, aquellas que nos marcaban hasta hace muy poco,  qué lugar ocupar y qué papel desempeñar en el mundo.

                En este sentido, la Educación y la Ciencia se convirtieron en el S.XX en las llaves de paso para la libertad y desarrollo del ser humano en toda su dimensión: cognitiva y emocional. Sin embargo, este camino no ha sido fácil. Recordemos que los cimientos de la educación universal y obligatoria creados para las sociedades de la revolución industrial, estaban bajo la influencia de los modelos políticos y sociales imperantes. Los criterios eran utilitarios – educar a las personas para producir y contribuir a la economía de mercado-, y  el modelo autoritario y jerárquico. El resultado positivo fue la progresiva alfabetización de las personas, el hándicap, que tras una infancia dedicada a perder la confianza natural del niño/a en sus sentimientos e intuición, el adulto entregaba de forma automática la gestión de su vida, emociones y pensamientos, a otras fuerzas institucionales, ya fuesen religiosas, laborales, sociales o políticas.

El nuevo paradigma de la educación…

               Generación tras generación se ha ido forjando un vacío educativo que no ha contemplado la “inteligencia emocional” como una premisa clave para nuestro desarrollo intelectual y personal. Es por ello, que  nos sentimos sin recursos en el  conocimiento y gestión de nuestras propias emociones y la de los/as demás.

              Hoy en día comenzamos a darnos cuenta de que la educación emocional es imprescindible para asegurar mejores niveles de felicidad personal y convivencia social. Por tanto, el gran reto de las Comunidades Educativas, en este nuevo siglo,  es dar  respuesta a necesidades básicas de tipo psicológico y emocional, que se están haciendo  más visibles en el desarrollo académico y personal del alumnado.

              En esta línea no podemos pasar por alto las nuevas demandas que presenta el profesorado y las asociaciones de padres y madres, cada vez más concienciados de la importancia de conocer herramientas prácticas que nos ayuden a adquirir habilidades emocionales, y que por ende nos faciliten la labor en la  educación de  niños y niñas.

              Desde el Instituto del Talento (IDT)  afrontamos este reto con propuestas formativas que dan respuesta a todas estas necesidades de manera integral. Es decir, trabajamos con un enfoque de sistema en el que contemplamos las diferentes variables de comunicación intra e interpersonal  que se dan entre los miembros de las Instituciones Educativas.

              Además, en IDT y  a través del Coaching Educativo trabajamos para  abordar las “palancas” que potencian el desarrollo del talento, el desempeño y el rendimiento de las personas en el contexto sistémico de las comunidades educativas. Estas palancas no suelen estar relacionadas con competencias técnicas, sino con competencias más transversales como la autoconfianza, autoestima, motivación, capacidad de coordinar acciones con otras personas, liderazgo, visión, y comunicación interpersonal, entre otras.

             Aprovechamos este espacio que os brinda la “Ventana de IDT” para mostraros nuestra intención de contribuir, a través de diferentes programas de intervención en nuestro entorno inmediato,  en el desarrollo activo de este nuevo paradigma educativo.

                                                                                                                                                 

María Falcón